A sus 80 años, Apolinario Trejo ya no imaginaba que la vida podría darle una segunda oportunidad. Natural de Huancavelica, había pasado sus últimos días recostado en una cama prestada, arropado apenas por frazadas que apenas cubrían su delgadez extrema y mascando coca para engañar el hambre. Sin hijos ni familiares cercanos, solo la bondad de una vecina que le alcanzaba un plato de comida y palabras en quechua lograban calmar un poco su soledad.
Su historia, sin embargo, cambió hace unos días cuando la Sociedad de Beneficencia de Huancayo llegó hasta el cuarto improvisado en el que vivía. Al constatar su delicado estado de salud —desnutrición, problemas de visión y dificultad para moverse—, el equipo no dudó en trasladarlo de inmediato al Centro de Atención Residencial (CAR) San Vicente de Paúl.
“Hoy, don Apolinario recibirá la atención digna que merece: una cama limpia, alimentación balanceada, atención médica y, sobre todo, compañía”, afirmó Maribel Bello Merlo, directora del albergue. Entre lágrimas, el abuelo confesó que extrañará su rincón y a la vecina que se volvió familia, pero también sabe que, a partir de ahora, tendrá un lugar donde nadie lo dejará esperar solo.
Historias como la suya recuerdan que la vejez no debería vivirse entre paredes frías y silencios prolongados. Hoy don Apolinario despierta rodeado de otros abuelitos y cuidadoras que lo llaman por su nombre. Hoy, después de mucho tiempo, vuelve a sentir que no está solo.










